3.2.12

El establo y la caca de vaca

Descubrí que me gusta el olor a ganado. La caca de vaca, el heno. Siempre supe los recuerdos que me hacía evocar, pero no me había dado cuenta de que disfruto cuando siento su aroma. No es que me guste de verdad el olor, como el del pan en el horno o el de un buen perfume. Lo que me gusta de él es precisamente el recuerdo que me trae.
Cuando éramos chicas íbamos al establo a comprar leche. Yo nunca la tomé, porque era alérgica a la leche fresca (es más, la primera vez que volví a tomarla fue como a los 24 años), pero la experiencia de ir al establo era única. Ver a las vacas, saber que la leche que venía en ese balde acababa de estar dentro de una de ellas, los olores... No recuerdo bien cómo era el establo, pero tengo grabada la sensación de estar ahí. 
Después de un tiempo, el establo cerró e íbamos a otro lugar, a donde llevaban la misma leche de las vacas, pero ellas ya no estaban ahí. Igual íbamos con nuestro balde de seis litros a comprar la leche que luego mi mamá hervía para matar las bacterias. Era casi una ceremonia ir al establo. Si no era en grupo, no tenía gracia. Íbamos todas, mamá, papá y tres hijas enanas con balde en mano. 
Fui a unas comunidades en Huancavelica hace poco y el olor a ganado venía a mí cada cierto rato. Y con él, el recuerdo del establo, de la leche burbujeando y de la caca de vaca.