Por estos tiempos anda de moda escribir sobre cómo acabar con la delincuencia, al igual que hace unos meses el discurso de moda era el de no-racismo (a propósito de la violencia escrita desatada en las redes sociales debido al triunfo de Ollanta).
Y, como mis manos están muy frías y se están cuarteando otra vez, solo viene a mi cabeza algo que nada tiene que ver con las manos frías ni secas (aunque también me acuerdo de algún viaje a Cusco, en el que me salieron heridas en la cara por la sequedad apenas aterrizó el avión). Hoy he vuelto a pensar en cuando era chica (no, no soy indiferente ante el caso Walter Oyarce, lo conocí en el cole y su muerte me ha chocado bastante) y en los miedos que tenía y en las cosas que pensaba.
Cuando era chica, no sabía lo que era "lavado de dinero" y pensaba que era, literalmente, lavar los billetes. No entendía bien por qué rayos una persona lavaría sus billetes y menos por qué sería un delito. Un día metí a lavar un pantalón con un billete de diez soles y, cuando me di cuenta casi me muero. Me acuerdo que iba a ir al D'onofrio de Aurora a comprar un cono de dos bolas de chocolate con lúcuma (lo que siempre tomaba) y me daba miedo pagar con mi billete "lavado", porque pensaba que me iban a meter presa por lavado de dinero.
Sí. Y también (cuando era más chica) pensaba que cuando dos personas se casaban, iban al mercado, compraban semillas según la cantidad de hijos que querían tener y, después de un tiempo, iban naciendo sus hijos.
Así es.