Cuando éramos chicas, vivíamos con el constante temor de que estallara la tercera guerra mundial. Si veíamos un avión, nos escondíamos pensando que nos iba a caer una bomba nuclear. ¿Qué es una bomba nuclear? No sabíamos respondernos. Quién sería Bush, dónde estaría Rusia, qué estaría pasando fuera del Perú no sabíamos. Solo sabíamos que podía estallar la tercera guerra mundial: la tan temida guerra nuclear. Eso pasaba en Valle hermoso a finales de los ochenta o principios de los noventa.
En el nido, en cambio, pesaba algo totalmente diferente. Ahí no existía la guerra, solo existía la paz. Y en esos aviones no habían amenazas de bombas atómicas; ahí viajaba Papá Noel (¿?). Y cuando escuchábamos a un avión, en lugar de correr a escondernos, salíamos al patio y gritábamos ¡Papá Noel! ¡Papá Noel! Esperando que nos escuchara y se acordara de nosotros.
En mi cabeza sucedía algo más. Ni guerra ni paz. O tal vez un poco de ambas: mi papá. Cuando era chica tenía la certeza de que mi papá era piloto de aviones (es que podía decir el modelo del que pasaba con solo escuchar su motor) y que era nieta de Miguel Grau (era el héroe de mi papá, siempre hablaba de él). La cuestión es que yo en verdad creía que mi papá era piloto y, en lugar de saludar a Papá Noel, yo, bajito y casi para mí misma, decía "mi papá..."
0 personas comentaron:
Publicar un comentario