17.10.10

Top ten

Yo tengo un top ten con más de diez items. Chicho suele reírse de las cosas que me hacen feliz, pero el otro día lo pillé siendo feliz por algo de ese estilo, lo que me hizo a mí mucho más feliz que a él.

Jugar bingo: La emoción de completar la línea o la letra, o TODO EL BINGO es indescriptible. Es como un deporte de aventura, o como apostar en los caballos, solo que sin todo el riesgo. Me hace feliz. No entiendo a quién se le ocurrió que es un juego de viejitas en la iglesia.

La devoción religiosa: Cuando voy al colegio, a veces me topo con gente en la calle yendo a la procesión. Es un choque de ideas increíble: ver el caos de la ciudad contrastando con los hábitos y la responsabilidad de hacer un alto en las labores y dar ese tiempo a un dios o a un santo. Ver a las señoras andando de rodillas detrás del anda del Señor de los Milagros o cómo tanta gente le lleva regalos al Niño Compadrito es, casi casi, para dejar sin aliento.

Cuando afinan los instrumentos antes del concierto: me encanta la música clásica. A veces voy con mi mamá a algún concierto de la sinfónica o la zarzuela, o a cualquier evento de ese tipo. Tal vez mi parte preferida sea el momento en el que los músicos se van acomodando y cada uno afina su instrumento a su ritmo y según lo que quiere. Y después, cuando ya llega el director y los hace a todos tocar esa nota que no sé cuál es (¿la?), yo sonrío.

Ir en un taxi con tu chico y sentarte en el medio: Te subes a un taxi con el chico, tú entras primero. Te sientas en la ventana y, cuando entra él, se sienta en la otra ventana. Tú te arrimas y se quedan juntitos. Es la sensación de ser juntos. Deli.

Pisar hojas secas: no tengo que describirlo.

El sonido del viento cuando pasa entre las hojas de los árboles: Lima es una ciudad traicionera en cuanto a fenómenos climáticos y naturaleza linda bella. Pero no podemos decir que en Lima no hay árboles con hojas y menos, que no hay viento. Así que sucede a menudo, que el viento hace danzar a las hojas del árbol, y yo escucho atentamente su música y sonrío.

Pisar charcos: Ya no me importa si son de lluvia o del camión cisterna que pasó; saltar en los charcos es genial. Hasta que te mojas las medias y ahí es incómodo.

Cerrar los ojos y ver cambios de luces y de sombras: inténtalo. Cierra los ojos en el carro, de día con sol. Cuando los árboles hacen sombra, te das cuenta. Ya no ves naranja y ves naranja oscuro. Es increíble.

Encontrar placas con sentido: armar palabras con las placas de los carros es diversión asegurada. Pero si las placas ya vienen con palabras armadas, es hermoso.

Caminar entre las piedritas: pero en esas piedritas chiquitas, ¿piedra molida es? El sonido de los pasos encima de ESAS piedras es diferente, es música. Y si lo haces con el ritmo de los pies como en Grandola Vila Morena, mejor.

Onomatopeyas: son lindas, son amables, sobre todo compararlas entre idiomas. Cómo el gallo en castellano canta kikirikí y en inglés cook-a-doodle-doo; el perro ladra guau en castellano, wan en japonés y en inglés arf y cómo el gato hace miau en castellano y nyaa en japonés es magia pura y cristalina.

Ahí hay once. De hecho hay mil más. Sonrío con facilidad.

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