Vas al concierto, feliz. Te pones a bailar, qué bien bailas, qué bien.
Después, pueden pasar tres cosas:
1. Te das cuenta de que estás bailando igual que unas cincuenta personas que están cerca. Igualitos todos. Estúpida.
2. Te das cuenta de que no estás bailando igual que nadie, porque simplemente no sabes bailar salsa. Eres tieza, tus pies se mueven a un ritmo diferente que el timbal, tus manos no están haciendo nada, y tu cadera hace lo que le da la gana. Estúpida.
3. No bailaste nunca. Metes las manos en los bolsillos y te paras un poco más atrás. No bailo salsa, pero el Dragón es chévere. Estúpido. (Suele suceder con los hombres).
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